ElectionSV2021

¿QUE SIGUE, LUEGO DE LAS ELECCIONES EN EL SALVADOR?

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Con los Acuerdos de Paz, en 1992, se pone fin a la guerra civil y se inicia una nueva etapa en la vida política de El Salvador, caracterizada por la desmilitarización de la sociedad, el surgimiento de nuevas instituciones y el ejercicio de elecciones democráticas.

El sistema democrático salvadoreño adolece de debilidad institucional y persisten comportamientos antidemocráticos en la mayoría actores políticos, pero se ha logrado institucionalizar elecciones de manera periódica. Desde 1992 se han llevado a cabo 13 eventos electorales. 6 para elección de presidente y 7 para elección de diputados y concejos municipales.

En una sociedad democrática, la celebración de elecciones justas, libres, transparentes y competitivas son esenciales para el sano ejercicio del poder y sobre todo para que la decisión de la población, expresada en su voto, se traduzca en servidores públicos electos por mayoría, quienes, durante un periodo de tiempo, efectivamente deberían estar al servicio de la población.

Si bien, las 13 elecciones realizadas han sido en el marco de la legalidad, la celebrada el pasado 28 de febrero tuvo ciertas particularidades; en primer lugar, una desproporcionada campaña electoral, en la cual el partido Nuevas Ideas (partido del presidente Nayib Bukele) concentró más del 70% del gasto en publicidad.

Otra característica fue una exacerbada violencia electoral; al grado que, a pocas semanas de la elección, un grupo de militantes del FMLN fue atacado a balazos luego de participar en un acto partidario en San Salvador, como consecuencia dos activistas murieron y tres resultaron heridos. El ataque fue condenado por varios representantes diplomáticos, entre ellos el encargado de negocios de la embajada de Estados Unidos en El Salvador, Brendan O’Brien. Sin embargo, no fue condenado por el propio presidente, quien en cambio culpó al partido FMLN por llevar a cabo un autoataque.

Adicionalmente, hubo una constante violación a la legislación electoral, especialmente por parte de funcionarios del más alto nivel del gobierno y del mismo presidente de la república, así como la utilización de abundantes recursos públicos para fines electorales.

Estos factores representaron ventajas antidemocráticas para Nuevas Ideas; quienes, como era de esperar, ganaron las elecciones, y no solo porque llevaron a cabo una campaña bien planificada que no temía romper las reglas, sino también por una acumulación de instituciones desacreditadas, promesas incumplidas, deficiencia de liderazgo y la corrupción generalizada de los partidos políticos tradicionales.

De confirmarse los resultados preliminares, “el partido del presidente” obtendría 56 de 84 diputados y 145 de 262 alcaldías y concejos municipales. Para tener una apreciación de lo que esto significa, hay que decir que nunca un partido había logrado tantos diputados. La cifra más alta la logró Arena en 1994, al sumar 39 parlamentarios.

Con estos números a su favor, el presidente Bukele no necesitará de ningún otro partido para tomar decisiones como la elección del Fiscal General; elección de Magistrados de la Corte Suprema de Justicia; del Procurador General de los Derechos Humanos y de Magistrados de la Corte de Cuentas de la República; aprobación de nuevos préstamos, otorgar concesiones estatales al sector privado, entre otras leyes. Con lo cual tendría un poder político, casi absoluto.

Otra preocupación tiene que ver con la reforma constitucional, que ya está en marcha, y la cuestión de si el presidente Bukele buscará o no reformar la constitución para permitirle ser elegido para otro mandato, considerando que el actual mandato presidencial es por 5 años, sin oportunidad de reelección.

No obstante, la concentración de poder político en la figura del presidente, incluida la posibilidad de su reelección, no parece ser asunto de mucha transcendencia para la mayoría de la población. En 2018 una encuesta del Latinobarómetro reveló que El Salvador era el país de América que menos importancia le daba a la democracia, solo el 28%, la consideraba importante, mientras que el 54% reportó que le daba lo mismo vivir en una democracia que en una dictadura.

Afortunadamente, la democracia no se reduce al ejercicio del poder institucionalizado, la democracia también se encuentra en la organización y participación de sociedades marginadas movilizadas, que trabajan incansablemente para exigir el respeto de los derechos humanos de sus comunidades.

Nada le haría más daño a la precaria democracia salvadoreña que un rol pasivo de la sociedad civil. Hoy más que nunca, la academia, la prensa independiente, la iglesia progresista y el movimiento social en general deben asumir un rol de contrapeso frente a las estructuras de poder gubernamental que actúan en contra de las necesidades tangibles del pueblo, y hacerlos responsables, sin importar el color de su partido.


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WHAT’S NEXT, AFTER THE ELECTIONS IN EL SALVADOR

With the signing of the Peace Accords in 1992, the civil war ended and a new political era began in El Salvador. This era was characterized by the demilitarization of the society, the emergence of new institutions and the free exercise of democratic elections. Despite all this, the Salvadoran democratic system has continued to suffer from institutional weakness and undemocratic behaviors from the majority of it’s politicians, still, it has been possible to hold elections on a regular basis. Since 1992, 13 national elections have been held, six for the president and seven for the National Assembly and municipal councils.

In a democratic society, the holding of fair, free, transparent and competitive elections are essential for the healthy exercise of power, and above all so that the decision of the people, expressed in their vote, is translated into public servants who, for a period of time, must actually be at the service of the population.

Although the 13 elections held have been within the framework of legality, the one held on February 28, 2021 had certain peculiarities; such as a very expensive electoral campaign, ran by Nuevas Ideas (President Bukele’s party), which concentrated more than 70% of it’s party’s budget on advertising.

Another unfortunate issue was exacerbated electoral violence; which a few before the elections, led to a group of FMLN party supporters being shot at after participating in a party rally in San Salvador. Two activists died in that attack and and three others were injured. The attack was condemned by numerous diplomatic representatives, including Brendan O’Brien, the charge d’affaires of the United States embassy in El Salvador. It was not however, not condemned by the President himself, who instead placed the blame on the FMLN party for carrying out a self attack.

Additionally, there was the constant violation of electoral laws, especially by officials from the highest level of the government and the President of the Republic himself, as well as the abundant use of state resources for electoral purposes.

These factors represented antidemocratic advantages for Nuevas Ideas; who unsurprisingly won the election across the board, not just because they ran a well-strategized campaign that wasn’t afraid to break rules, but also because of an accumulation of discredited institucions, broken promises, leadership deficiency and the overall corruption of the traditional political parties.

If the preliminary results are confirmed, “the president’s party” would secure 56 out of 84 parliamentarians and 145 out of the 262 mayorships and municipal councils. These are historical numbers for El Salvador, before this, the highest figure achieved was by a single party was the ARENA party in 1994, who secured 39 parliamentarians.

With these numbers in his favor, President Bukele will not need any other party to make decisions such as the election of the Attorney General; Human Rights Ombudsman, Supreme Court Magistrates; Magistrates of the Court of Accounts of the Republic; approval of new loans, granting state concessions to the private sector, among other laws. With this level of influence, he would have almost absolute political power.

Another concern has to do with constitutional reform, which is already under way, and the question of whether or not President Bukele will seek to amend the constitution to allow himself to be elected for another term, considering that the current Presidential term is for 5 years, with no oppurtunity for re-election.

However, the concentration of political power in the figure of the president, including the possibility of his re-election, does not seem to be a matter of great importance for the majority of the population. In 2018, a Latinobarometer survey revealed that El Salvador was the country in America that gave the least importance to democracy, only 28% considered it important, while 54% reported that living in a democratic state was the same as living in a dictatorship.

Fortunately, democracy is not reduced to the exercise of institutionalized power, democracy is also found in the organization and participation of mobilized marginalized societies, who all work tirelessly to demand respect for the human rights of thier communities.

Ultimately, nothing would do more harm to El Salvador’s precarious democracy than a passive civil society. Today more than ever, academics, the independent press, the progressive church and the social movement in general must assume a counterweight role against the governmental power structures, that act against the tangible needs of the people, and hold them accountable, regardless of party lines.

Climate Change, Economy, El Salvador Government, Environment, International Relations, News Highlights, U.S. Relations

What has happened with “Fomilenio II” in El Salvador?

[fomilenioii.gob.sv]

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The government of the United States, like other entities with transnational reach—such as the World Bank, The International Monetary Fund, and the European Union—have worked for decades to foment economic development and poverty reduction in “third world” or “developing” countries”. The US state has demonstrated a special interest in the development and stability of the Central American region, given its proximity and subsequent geopolitical importance. As a result, in countries such as El Salvador, billions of dollars have been invested since the 1960s in projects designed to foment “progress”, “reduce poverty”, “promote democracy”, “consolidate peace”, and most recently, to “prevent violence”, and “eradicate poverty” through a development model that seeks to incorporate the country into the global economy. These foreign investments—always in combination with the organized efforts of the Salvadoran people—have led to certain advances in the well being of the population. Nevertheless, El Salvador continues being a country with much poverty, much violence, a democratic deficit, and disastrous levels of economic inequality. This is to say that the dominant model of development—which has certainly been consolidated in El Salvador—has Benefited the very few, while it has exploited, marginalized, or expelled the vast majorities. 

Instead of changing this development model which has systematically produced poverty and inequality in the first place (and which many call “neoliberal”, for privileging the free market above and beyond other interests or factors), the recent decision of the foreign aid institutions of the US government has been to more holistically incorporate the countries who receive aid programs into the responsibilities around financing and executing these programs: that the poor countries gain “ownership” over the processes of their own development. The thinking of the US is that if these countries have to put their own money toward development programs, there won’t be as much money wasted, their won’t be as much corruption, and the poor countries will eventually no longer be poor, but rather equal counterparts in an interconnected global economy that is mutually beneficial to all, and will also no longer be sources of instability, migrants, and violence.  

And so, during the administration of George W. Bush, at the beginning of the 2000’s, the US government began implementing Millennium Challenge Account Funds across the world. These funds were not simply donations for developing countries, but rather contracts by which the funds-receiving countries had to put their own funds toward these development projects, though they would still be primarily financed by the US. Furthermore, the receiving countries would have to comply with certain requirements—such as respect for free expression, transparent democratic procedures, and the elimination of corruption, among other things—in order to continue receiving the necessary funds from the US to conclude their development projects. 

Given its close relationship with the US, El Salvador was chosen to receive a first Millennium Challenge Account fund in 2007, under the administration of Tony Saca. The funds from this contract were aimed at impacting the northern zone of the country, where the majority of the financing would go toward the construction of a “longitudinal highway” that would more effectively connect this region with the rest of the country and with neighboring countries so as to facilitate commerce, connectivity, and the continuing insertion of El Salvador into the global economy. 

The implementation of this project generated resistance from many communities residing in the northern part of the country, who feared that these infrastructural projects would destroy their communities and their livelihoods, including rivers, water sources, and farmlands. Nevertheless, the project was completed in its totality. The communities that had most resisted the construction of the highway—and who even had called it a “project of death”—eventually managed to negotiate an acceptable route for the highway that would avoid major environmental and social damages. From the institutional side, the Salvadoran government had managed to comply with all of the financial and institutional requirements that the Millennium Challenge Account Fund had demanded of it. From the perspective of ordinary inhabitants of rural communities across the region however, the project did little to change or improve their daily lives, but did bring in new, outside, trans-locally linked actors, and in broader terms, the project further deepened the neoliberal model in the region. 

By the time the first “Fomilenio” was being concluded across the northern belt of El Salvadoran in late 2012, the US and Salvadoran governments were planning the implementation of a second Fomilenio project, this one to be aimed at the southern, coastal region of the country. There too, the objective of the project as a whole would be to reduce poverty through the economic growth, as a means to the end of increasing the productivity and competitiveness of the country in international markets. 

“Fomilenio II” began on September 9, 2015 and finalized in September of 2020. It was financed with $277 million dollars from the government of the US, in addition to a counterpart contribution of $88.2 million that would come from the Salvadoran government, making a total of $365.2 million.

According to the Fomilenio II website, upon the finalization of the contract, the program had executed more than 100 interventions, divided into three larger project areas: 

The Human Capital Project, which primarily included the construction of schools, the creation of technical-vocational high school, and the training of teachers in different specialties. 

The Logistical Infrastructure Project, which included the widening of 28 kilometers of highway, improvements in a border checkpoint and other logistical infrastructure, as well as the automation of customs processes and procedures associated with foreign commerce. 

The Investment Climate Project, which led to a reported 15 private investment agreements, among which the training and certification of more than 900 aerospace technicians is notable, as well as the establishment of an irrigation system for agricultural production, and the implementation of six feasibility studies for the creation of “public-private” partnerships, among other investments. 

During the initial phase of Fomilenio II, this Investment Climate project was especially worrisome for many communities and social organizations because it had been announced that the focus would be on incentivizing private investment, simplifying commercial procedures, and making laws and regulations more flexible so as to enable private business to conduct business with as much ease as possible. 

Fortunately, the creation of public-private associations and the implementation of large-scale tourism projects was not carried out the way that had been feared. It is very possible that this was due to the fact that the private sector of the country was simply not yet ready to make these types of investments. 

A third Fomilenio could however unleash an offensive of projects associated with tourist infrastructure, which undoubtedly would provoke a large ecological impact in the fragile ecosystems on the Salvadoran coast. Nevertheless, everything indicates that a third Millennium Challenge Account contract is not likely to happen. 

This is the case first and foremost because there were irregularities in the final phase of Fomilenio II. As mentioned above, part of the contract required the Salvadoran state to assign counterpart funding to the project. In 2020 however, these funds were not included in the government’s national operating budget. For this reason, on September 9th, 2020, the Legislative Assembly assigned $55 million from a loan from the Inter-American Development Bank to honor the country’s commitment to Fomilenio II. But these funds did not end up going toward Fomilenio II because, according to the Executive Branch, led by young president Nayib Bukele, these funds had to be prioritized for attending to the Covid-19 pandemic. 

Subsequently, at the end of November, the Ministry of the Treasury of El Salvador, solicited the approval of $50 million from the Legislative Assembly to be assigned to Fomilenio II obligations. On November 26th, the Assembly approved—for the second time—the allocation of these funds, but this approval was vetoed by the President of the Republic, who argued that it would not be possible to obtain these funds from the financial source established by the legislators. 

In response to this controversy, the Millennium Challenge Account Corporation in El Salvador emitted a communique on December 1, 2020 that informed of the suspension of various projects and warned of the possibility that El Salvador might enter into the list of “countries that cannot honor their commitments,” given the country’s inability to allocate the necessary funds to Fomilenio II. And although the contract technically ended on September 9, 2020, a 120-day period had been established to enable the closing down of offices and final operations, so that all of the actual infrastructure projects would be done by January 2021. However, this communique also announced that given the Salvadoran government’s lack of allocation of funds, various projects would not be finished. 

But then, on December 24th, the Legislative Assembly, after a long debate, approved the country’s general budget for 2021. As a result, on January 20, 2021, the Ministry of the Treasury—together with Millennium Challenge Account officials—announced that the previously suspended projects would be restarted with funds from the Salvadoran Ministry of Public Works, and would be finished by the following April. 

In order to be eligible for a third Millennium Challenge Account however, the country was required to comply with at least 10 of a list of 20 indicators. In El Salvador’s last evaluation, it complied with 12 of the indicators, but the problem was that the indicator of “control of corruption and good democratic government”, was of obligatory compliance, and was not met. According to the resident director of the Millennium Challenge Account Corporation in El Salvador, Preston Winter, over the last four years, El Salvador has consecutively maintained a lack of control over corruption, thereby implicating both Bukele’s current government, and the previous government administered by Sanchez Ceren of the FMLN in acts of corruption. 

So although the contributions of this second Millennium Challenge Account contract for the coastal zone of El Salvador cannot be denied—the construction of infrastructure, the training of teachers, the improvements in logistics for private investment—these are measures that contribute little or nothing to poverty reduction. Rather, these measures deepen an economic model that for decades has generated poverty and inequality. In order to reduce poverty, social inequality must also be reduced, and this requires deep reforms to the tax system and effective measures to combat corruption, so that the Salvadoran state can leverage more resources for social investment. Universal access to quality education, effective health coverage, strategic support to family-based agriculture, protection of the environment, universal access to dignified housing, and the provision of quality basic services are all measures that would actually contribute toward significantly reducing poverty.

verdaddigital.com

Qué ha pasado con Fomilenio II, en El Salvador.

El gobierno de EEUU, como otras entidades con alcance trasnacional, como el Banco Mundial, El Fondo Monetario Internacional, y la Unión Europea, se han esforzado por décadas en las tareas de fomentar el desarrollo económico y la reducción de la pobreza en los países “del tercer mundo” o “en vías de desarrollo”.  Estados Unidos ha demostrado un interés especial en el desarrollo y la estabilidad de la región Centroamericana dado su proximidad y su consecuente importancia geopolítica. Como resultado, en países como El Salvador, se ha invertido miles de millones de dólares desde la década de los 60 en proyectos orientados a “fomentar el progreso”, “disminuir la pobreza”, “promover la democracia”, “consolidar la paz” y más últimamente “prevenir la violencia” y “erradicar la pobreza” mediante un modelo de desarrollo que busca incorporar el país en la economía mundial. 

Estas inversiones extranjeras—combinadas siempre con los esfuerzos organizados del pueblo salvadoreño han logrado ciertos avances en el bienestar de la población. Sin embargo, El Salvador sigue siendo un país con mucha pobreza, mucha violencia, un déficit democrático, y niveles nefastos de desigualdad económica. Es decir, el modelo de desarrollo dominante que se ha logrado consolidar en el país, ha beneficiado a pocos, mientras ha explotado, marginado, o expulsado a grandes mayorías. 

En vez de cambiar este modelo de desarrollo—que muchos llaman “neoliberal”, por privilegiar siempre un libre mercado por encima de otros intereses o factores—el cual sistemáticamente produce pobreza y fomenta la desigualdad en primer lugar, la reciente decisión de las instituciones de ayuda” extranjera de los EEUU, ha sido de incorporar más integralmente a los países receptores de fondos de ayuda en la responsabilidad de financiar y ejecutar programas de desarrollo económico y reducción de la pobreza: que los países pobres asuman con propiedad los procesos de su propio desarrollo. La idea de Los Estados Unidos es que si estos países tienen que invertir hacia sus propios caminos de desarrollo, ya no habrá tanto dinero desperdiciado, no habrá tanta corrupción, y los países pobres ya no serán pobres sino que se desarrollarían económicamente y serian contrapartes iguales en una economía mundial interconectada y mutuamente beneficiosa para todos los países, y ya no serian fuentes de inestabilidad, migrantes, y violencia. 

Así que durante la administración de George W. Bush a principios de los 2000, se empezó a implementar los Millenium Challenge Accounts (Cuentas de Reto de Milenio), al nivel global. Estas “cuentas” ya no eran simples donaciones desde la USA hacia los países en vías de desarrollo, sino contratos en que los países receptores de fondos tenían que poner fondos propios hacia proyectos de desarrollo que serian financiados mayoritariamente por EEUU. Además, los países receptores tendrían que cumplir con ciertos requisitos—como respeto a la libre expresión, procedimientos democráticos transparentes, eliminación de la corrupción entre otros. 

Dado su relación cercana con los EEUU, El Salvador fue escogido para recibir un primer contrato del Reto del Milenio, en 2007, bajo la administración de Tony Saca. Los fondos de este contrato fueron destinados a la zona norte del país, donde una mayoría del financiamiento estaría destinado a la construcción de una “carretera longitudinal” que conectaría la zona al resto del país, y a otros países vecinos para potenciar el comercio, la conectividad, y la progresiva inserción de El Salvador en la economía mundial. La implementación de este programa generó resistencia de muchas comunidades al norte del país que temían que los proyectos de infraestructura destruirían sus comunidades y sus fuentes de vida, como ríos, cuencas acuíferas, y terrenos agrícolas. Sin embargo, el proyecto fue llevado a cabo en su totalidad. Las comunidades más resistentes a la construcción de la carretera—que incluso la calificaban como un “proyecto de muerte”—al final lograron negociar una ruta aceptable para su construcción que evitara mayor destrozo social o ambiental. Desde el lado institucional, el gobierno salvadoreño logró cumplir con los requisitos, tantos financieros como institucionales. 

A finales de 2012, cuando El Salvador estaba terminando su primero contrato de Fomilenio, los gobiernos de El Salvador y Estados Unidos ya estaban negociando un segundo contrato—el Fomilenio II, y este último que estaría destinado a implementarse en la zona costera-sur. Ahí también, el objetivo sería reducir la pobreza mediante el crecimiento económico, y como meta incrementar la productividad y competitividad del país en los mercados internacionales. 

Fomilenio II empezó el 9 de septiembre de 2015 y finalizó el 9 de septiembre de 2020. Fue financiado con US$277 millones donados por el gobierno de los Estados Unidos, más una contrapartida de US$88.2 millones que deberían provenir del gobierno de El Salvador, haciendo un total de US$365.2 millones.

Según el sitio web de Fomilenio II, a la fecha de finalización del convenio reportaba haber trabajado en más de 100 intervenciones, divididas en tres grandes proyectos: 

  • Proyecto Capital Humano, que incluyó principalmente la construcción de escuelas, la creación de bachilleratos técnicos vocacionales y la capacitación de docentes en diferentes especialidades.
  • Proyecto de Infraestructura Logística, el cuál comprendió la ampliación de 28 kilómetros de carretera, mejoras en un reciento fronterizo y otra infraestructura logística, así como la automatización de procesos y trámites aduaneros relacionados con el comercio exterior.
  • Proyecto Clima de Inversión, como resultado de este proyecto se reporta 15 acuerdos de inversión privada, entre los que se destaca la formación y certificación de más de 900 técnicos en aeronáutica, construcción de plantas de tratamiento de aguas residuales, establecimiento de un sistema de riego para la producción agrícola y la realización de 6 estudios de factibilidad para la creación de asocios público privados, entre otras inversiones.

En la etapa inicial del Fomilenio, este proyecto Clima de Inversión fue de especial preocupación para muchas comunidades y organizaciones sociales, porque se anunció que la apuesta sería incentivar la inversión privada, simplificando trámites, flexibilizando leyes y regulaciones para permitir a la empresa privada, realizar negocios con todas las facilidades posibles. Afortunadamente la creación de asocios público privados y la implementación de proyectos de turismo a gran escala, no se llevó a cabo como se esperaba. Es muy posible que esto se deba a que el sector privado del país aún no estaba listo para realizar este tipo de inversiones.

Un tercer Fomilenio, si podría desencadenar una ofensiva de proyectos de infraestructura turística y de otro tipo, que indudablemente provocaría un gran impacto ecológico en los frágiles ecosistemas de la costa salvadoreña; sin embargo, todo parece indicar que una tercera intervención, tiene escasas probabilidades de suceder.

En primer lugar, porque se presentaron irregularidades en la etapa final del Fomilenio II. Como parte del convenio, el Estado salvadoreño debía asignar una contrapartida, el año 2020, pero esos fondos no fueron incluidos en el presupuesto general de la nación, por lo que el 9 de septiembre la Asamblea Legislativa asignó $55 millones provenientes de un préstamo con el Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Para honrar dicho compromiso.  Pero esto no sucedió porque, según la versión del gobierno, los fondos se priorizaron para atender la pandemia por el Covid19.

Por lo que a finales de noviembre el Ministro de Hacienda, nuevamente solicitó a la Asamblea Legislativa la aprobación de $50 millones para el mismo fin. El 26 de noviembre la Asamblea aprobó, por segunda ocasión, dichos fondos, pero esta aprobación fue vetada por el Presidente de la República, argumentando que no era posible disponer de esos recursos, de la fuente de financiamiento establecida por los legisladores.

Ante esta controversia, El 01 de diciembre de 2020, FOMILENIO II emitió un comunicado informando la suspensión de varios proyectos y advirtió de la posibilidad de que El Salvador entre en la lista de “países que no pueden honrar sus compromisos”, por la no asignación de fondos. 

Si bien el convenio finalizó el 9 de septiembre de 2020, se establecía un periodo de 120 días para el cierre de oficinas y operaciones finales, por lo que todas las obras deberían ser concluidas en enero de 2021; sin embargo, en dicho comunicado se anunció que, por la falta de asignación de fondos, varios proyectos quedarían inconclusos.

Pero el 24 de diciembre la Asamblea Legislativa, después de un largo debate, aprobó el presupuesto general de la nación para el año 2021, por lo que el 20 de enero el Ministro de Hacienda, junto a funcionarios de Fomilenio anunciaron que se reanudarían los proyectos suspendidos, y que serían financiados con fondos del Ministerio de Obras Públicas, además se dijo que estos concluirían el próximo mes de abril.

En segundo lugar, para optar a un nuevo Fomilenio, se requiere que el país cumpla por lo menos 10, de una lista de 20 indicadores. En la última evaluación El Salvador cumple 12 de estos indicadores, el problema es que el indicador “control de corrupción y buena gobernanza democrática”, es de obligatorio cumplimiento y según el director residente de país de la Cooperación Reto del Milenio, Preston Winter, en los últimos cuatro años El Salvador ha mantenido de manera consecutiva un incumplimiento del control de la corrupción.

El Fomilenio I y Fomilenio II, han significado una contribución importante para El Salvador, especialmente en lo referido a la construcción de infraestructura y otras mejoras logísticas para la inversión privada. Sin embargo, estas son medidas que poco o nada contribuyen a reducir la pobreza, más bien profundizan un modelo económico que por décadas ha generado pobreza y desigualdad. Para reducir la pobreza, hay que reducir la desigualdad social, esto pasa por una reforma profunda del sistema tributario y por medidas efectivas de combate a la corrupción, de manera que el Estado pueda disponer de más recursos para financiar la política social. 

El acceso universal a una educación de calidad, una efectiva cobertura de salud, un apoyo decidido a la agricultura familiar, la protección del medio ambiente, el acceso universal a vivienda digna y la provisión de servicios básicos de calidad, constituyen medidas que si pueden tener un impacto significativo en la reducción de la pobreza.  

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LA OTRA CRISIS EN EL SALVADOR

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“El Salvador Soberano Libre de Agrotoxicos y transgénicos”

A la desigualdad económica, violencia social y vulnerabilidad ambiental que se vive en El Salvador desde hace décadas, ahora se suma con toda su intensidad, el impacto en la salud pública y en la economía de la pandemia por el covid19.

El Banco Mundial estima que la economía de El Salvador se contraerá 4.3% y la pobreza aumentará 4% en 2020. El último dato publicado por el gobierno, indica que el 26.3% de los hogares ya viven en condición de pobreza; es decir que el covid19 puede hacer que la pobreza suba al 30% de los hogares salvadoreños, lo que equivale a más de 66 mil hogares que caeran en la pobreza.1

La razón principal de esta realidad es que las medidas impuestas por el gobierno para contener la pandemia ha afectado al 95% de las empresas y por lo menos el 60% reportan que ya no cuentan con dinero para pagar salarios, por lo que 350,000 empleos estan en riesgo inminente de perderse.2 Adicionalmente hay que tener en cuenta que el 72% de la economía salvadoreña es de carácter informal,3 y que este sector es el más golpeado por la pandemia.

Sumandose a la ya complicada situación, está la dependencia del país con respecto a las remesas. Más de 300 mil hogares, la sexta parte de la población, reciben remesas; en 2019 estas representaron el 21.3% del producto interno bruto de El Salvador. Para el 2020 se estima una caida por lo menos del 14% en este rubro,4 ya que Estados Unidos está registrando un récord histórico de desempleo en sectores donde laboran salvadoreños: restaurantes, comercio y construcción.

Sin duda la primera y más profunda manifestación de la crisis económica será en la alimentación. Sobre este tema el Director Ejecutivo del Programa Mundial de Alimentos, de la Organización de las Naciones Unidas, ONU. David Beasley, recientemente dijo: “si no nos preparamos ahora podríamos enfrentar múltiples hambrunas de proporciones biblícas en unos pocos meses”.5 En El Salvador, Guatemala, Honduras y Nicaragua, incluso antes de la pandemia, la inseguridad alimentaria y nutricional se había incrementado y alcanzaba los 4.4 millones de personas; a consecuencia de la pandemia se estima que esta cifra podría duplicarse.6

Para el caso específico de El Salvador la seguridad alimentaria se ha visto afectada por diferentes factores, desde políticas de apertura comercial que arruinaron la agricultura campesina en décadas anteriores, hasta impactos del cambio climático que en los últimos años se ha manifestado en consecutivas y profundas sequías. En 2019, la falta de lluvias dejó pérdidas de producción del 61% y 55% en los cultivos de maíz y frijol. La disminución y en algunos casos la pérdida completa de los granos básicos dejó en crisis a muchas familias, sobre todo aquellas en donde la agricultura es la única fuente de ingresos para subsistir. Resultando en que 277,769 familias, especialmente del oriente del país, antes de la pandemia, ya se encontraban en graves problemas alimentarios.7

Esta situación puede agravarse, también porque El Salvador depende en muy alto grado de las importaciones de alimentos; por ejemplo, el 90% de las frutas y verduras provienen de países centroamericanos y de Estados Unidos. La carne de res, harina de trigo, arroz, maíz amarillo y lácteos, son otros de los productos que se importan en grandes proporciones. Un riesgo potencialmente grave es que los países productores restrijan sus exportaciones para enfrentar la caída de su producción y la alimentación de sus propios pueblos.

En tal sentido, es de extrema importancia asegurar la disponibilidad de alimentos básicos especialmente para la población más vulnerable, de lo contrario los indices de desnutrición se verán aumentados y el covid 19 será más fatal debido a la carencia de una alimentación adecuada.8

De momento, el gobierno salvadoreño está entregando dinero en efectivo para suplir la alimentación básica de un millón y medio de familias, además ha anunciado una serie de medidas económicas de beneficio a la empresa privada con el fin de aliviar los impactos en el empleo. Aunque se están tomando algunas medidas positivas, lamentablemente no son sostenibles porque su financiamiento depende de los préstamos y la capacidad de endeudamiento del estado salvadoreño que está llegando a su límite.

Todo parece indicar que la alternativa más viable es la producción agrícola familiar, de forma masiva en todo el país, cualquier espacio de tierra disponible, sea en la zona rural o urbana, en la costa o la montaña, debería utilizarse para producir alimentos saludables, de lo contrario, en el corto plazo, la comida comenzará a escasear, de forma realmente temible.

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A family farm in Morazán


THE OTHER CRISIS IN EL SALVADOR

Economic inequality, social violence and environmental vulnerability have been experienced for decades in El Salvador. Added now to this reality however, in all its intensity, is the impact that the current pandemic is having on public health and the economy.

The World Bank estimates that El Salvador’s economy will decrease by 4.3% and poverty will increase by 4% in 2020. The latest data published by the government indicates that 26.3% of households already live in poverty; that is to say that COVID19 can increase the rate to 30%, which is equivalent to more than 66,000 households, all falling into poverty.1

This is happening in part because the measures imposed by the government to contain the pandemic have affected 95% of companies and at least 60% of them report that they no longer have the money to pay wages, this means 350,000 jobs are at an imminent risk of disappearing.2 Also, what must be taken into mind is the fact that 72% of El Salvador’s economy is informal,3 the informal sector of course being the most affected during this pandemic.

Adding to this already complicated situation, is the country’s dependence on remittances. More than 300,000 households, or one-sixth of the population receive them. In 2019, these money transfers represented 21.3% of El Salvador’s GDP. For 2020, since the US is registering a historical record of unemployment in sectors where Salvadorans work i.e restaurants, commerce and construction, a drop in remittances of at least 14% is estimated.4

Undoubtedly, the first and most profound manifestation of the economic crisis will be the issue of food. On the subject, David Beasley, Executive Director of the UN World Food Program recently said, “If we don’t prepare now we could face multiple famines of biblical proportions in a few months.5 Even before the pandemic, 4.4million people in El Salvador, Guatemala, Honduras and Nicaragua, were already experiencing an increase in food and nutritional insecurity, and as a result of COVID19 this figure is estimated to double.6

In the specific case of El Salvador, food security has been impacted by distinct factors, from trade liberalization policies that ruined peasant agriculture in previous decades, to the impacts of climate change that in recent years has manifested itself in consecutive and deep droughts. In 2019, the lack of rains left production losses at 61% in corn and 55% in bean crops. The decrease and in some cases the complete loss of these basic crops left many families in crisis, especially those where agriculture is their only source of income. Last year’s drought resulted in 277,769 families, many from the eastern part of the country, experiencing serious food problems.7

Things can get worse because El Salvador depends to a very high degree on food imports; for example, 90% of fruits and vegetables come from other Central American countries and the US. Beef, wheat flour, rice, yellow corn, and dairy are other products that are imported in large quantities. A potentially serious risk is that the producing nations eventually restrict their exports to go and deal with their own reduction in production and to be able to feed their own people. In this sense, it is extremely important to ensure the availability of basic foods, especially for the most vulnerable populations, otherwise malnutrition rates will increase and COVID19 will prove more deadly due to an inadequate access to food.8

At the moment, the Salvadoran government is giving out cash aid to supply the basic needs of one million and a half families, and has also announced a series of economic measures to benefit private companies in order to alleviate the impact on employment. Although positive measures are being taken, they unfortunately are not sustainable because their financing depends on loans and the debt capacity of the Salvadoran state which is reaching its limit.

Everything seems to indicate that the most viable alternative is family agricultural production on a massive scale throughout the entire country. Any available land space, be it in rural or urban, coast or mountain, should be used to produce healthy food, otherwise, in a short period of time, food will become scarce in a really frightening way.


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COVID 19, human rights, Politics

ABUSO DE PODER EN MEDIO DE LA CRISIS

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credito: bbci.co.uk

El sábado 21 de marzo, en una extensa cadena de radio y televisión, el presidente salvadoreño Nayib Bukele decretó una cuarentena por 30 días, advirtiendo que quien no acatara la orden, en lugar de pasar la cuarentena en su hogar, con su familia, la pasaría encerrado en un centro de contención.  Para el día siguiente, domingo 22 de marzo, la Policía y la Fuerza Armada habían detenido en la calle a por lo menos 300 personas; sin embargo, el Gobierno, la Policía y el Ejército solo tenían claro el tema de las capturas, pero no el del resguardo de los detenidos, por lo que fueron trasladados hacia delegaciones policiales como cualquier delincuente, porque no existía ningún centro de contención habilitado.

Frente a este hecho, La Sala de lo Constitucional, de la Corte Suprema de Justicia emitió una resolución decretando que ni la policía ni el ejército pueden detener y encarcelar a alguien por incumplir la cuarentena domiciliar, porque viola derechos humanos establecidos en la Constitución; pero los abusos continuaron. Una nota publicada por el periódico español El País, lo expone así: 

Las denuncias de arbitrariedades y abusos de fuerza se cuentan por cientos. El presidente  (Nayib Bukele) ha respondido públicamente que no es momento de discutir si sus rigurosas medidas contra la pandemia son o no constitucionales, y el día 7 (de abril) dobló su apuesta legitimando el uso de la fuerza: “He dado la instrucción al ministro de Defensa y al ministro de Seguridad de ser más duros con la gente en la calle, la gente que está violando la cuarentena”, dijo. Tres días después, un policía disparó dos veces en las piernas a un joven de 19 años sospechoso de violar el confinamiento. El joven asegura que fue por negarse a pagar mordida (soborno) a los agentes; las autoridades lo calificaron en un comunicado oficial de “accidente.”

La actuación de la Policía y del Ejército, durante 30 días, estuvo amparada principalmente en  la “Ley de Restricción Temporal de Derechos Constitucionales Concretos para Atender la Pandemia COVID-19″ aprobada por la Asamblea Legislativa a medidos de marzo para una duración de 15 días, posteriormente se prorrogó por un periodo igual. Esta Ley caducó el pasado 13 de abril y a pesar que el Gobierno solicitó al Parlamento una nueva prorroga, esta no fue concedida, precisamente por las denuncias de las arbitrariedades cometidas y no fueron abordadas.

En ausencia de este marco legal que respalde la detención de las personas y su reclusión en un centro de cuarentena, el gobierno emitió el Decreto Ejecutivo Número 19 que establece medidas similares o más drásticas, a la anterior ley. Por ejemplo: se establece  que toda persona que circule sin justificación y que se catalogue como caso sospechoso, deberá permanecer en un centro de cuarentena por 30 días. Además si la persona infractora se traslada en vehículo, este será sometido a desinfección y quedará en deposito en los lugares establecidos, la persona detenida solo recuperará su vehículo despues de pagar el costo del estacionamiento, luego de la cuarentena.

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credito: elmundo.sv

También el Decreto Número 19 establece que toda persona está obligada a permitir el ingreso de los delegados del Ministerio de Salud a inspecionar su casa. Para la abogada María Silvia Guillén esta disposición es insconstitucional, pues las autoridades pueden ingresar a una vivienda por el consentimiento de quien la habita o por mandato judicial, exclusivamente. “Cuidado policías y militares que están pretendiendo entrar en las viviendas con una disposición de un decreto ejecutivo”. Escribió la reconocida abogada en su cuenta de facebook.

Por su parte, la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia (máximo tribunal de justicia de El Salvador) emitió una nueva resolución en la que reafirmó que la Policía no debe detener arbitrariamente a personas para llevarlas a centros de contención ni proceder al decomiso de vehículos, entre otras medidas restrictivas. Ante este hecho el presidente Bukele dijo que no acataría tal resolución y que continuará aplicando el Decreto 19, al cien por ciento, no importando que las resoluciones de este tipo son de obligatorio cumplimiento.

La desobediencia del presidente ha sido rechazada por un gran número de actores dentro y fuera del país. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) instó al Gobierno de El Salvador “a cumplir las medidas ordenadas”. Así mismo, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) publicó que en situaciones de emergencia el Estado de Derecho y el sistema de “pesos y contrapesos” son esenciales para asegurar los derechos humanos de las personas. Por su parte el congresista Jim McGovern, instó a Bukele a respetar los fallos judiciales, diciendo que el país necesita democracia y no a un gobierno autoritario, así mismo el líder del Comité de Relaciones Exteriores de la Cámara de Representantes estadounidense, Eliot Engel, lamentó el desacato de Bukele a la resolución de la Sala de lo Constitucional y urgió al presidente “a respetar los fallos judiciales de la Corte Suprema sobre el Covid-19” recalcando que “los líderes mundiales deben ser capaces de proteger tanto la salud como las libertades civiles”.

Pero todas estas recriminaciones y exigencias no parecen inmutar al presidente Nayib Bukele, ni a sus funcionarios de seguridad. Una nota recientemente publicada en el periódico digital El Faro, define la situación actual del país como una triple crisis: sanitaria, económica y democrática. La primera causada por un virus; la segunda por las medidas obligadas para combatir al virus; la tercera por un gobierno antidemocrático. 

Es necesario resistir, y sobrevivir, a las tres.

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credito: bbci.co.uk


ABUSE OF POWER IN THE MIDST OF THE CRISIS

On Saturday March 21, via an extensive radio and television network broadcast, Salvadoran President Nayib Bukele decreed a 30-day quarantine, warning that whoever did not comply with the order, instead of spending the quarantine at home with their family, would be locked up in a quarantine center. By the next day, the police and the armed forces had detained at least 300 people who had allegedly violated that order. The government, the police and the army were only clear on the issue of captures, and not on how to properly care for “detainees,” which meant that they were being transferred to police “lock ups” just like any other criminal, since there were no adequate quarantine centers built.

Faced with this fact, the Constitutional Chamber of the Supreme Court of Justice issued a resolution decreeing that neither the police nor the army can arrest and imprison someone for failing to comply with the domicile quarantine because it violates human rights established in the Constitution. Still the abuses continue.  A note published by the Spanish newspaper El País puts it this way: “The allegations of arbitrariness and abuse of force are in the hundreds. The president (Nayib Bukele) has publicly replied that this is not the time to discuss whether or not his rigorous measures against the pandemic are constitutional, and on April 7 he doubled down on his bid legitimizing the use of force: “I have instructed the Defense Minister and the Security Minister to be tougher on the people on the street, the people who are violating the quarantine,” he said. Three days later, a 19-year-old man suspected of violating the lockdown was shot twice in the legs by a police officer. The young man assures that it was for refusing to pay a bribe to the agents, while the authorities describe it as an “accident” in an official statement.

The 30-day activation of the police and the army was mainly protected under the “Temporary Restriction Law on Concrete Constitutional Rights to Address the Pandemic COVID-19”, which was approved by the Legislative Assembly in mid-March and expired on April 13. Despite the fact that the government requested a new extension from Parliament that was denied precisely because of the complaints of the unjustified actions being committed and not addressed, the abuses continue to occur.

Though a legal framework that addresses the detention of people and their confinement in a quarantine center is still lacking, the government recently issued Executive Decree No. 19 which established similar and more drastic measures than the previous law. For example: it established that any person who circulates without justification and who is classified as suspected for testing positive for COVID19, must remain in a quarantine center for 30 days. In addition, if the offending person is driving in a vehicle, that vehicle will be subject to disinfection and will be sent to a police impound, only to be released after a fee is paid and time is served.

Also Decree No.19 establishes that every person is obliged to allow Ministry of Health personnel into their homes. “Beware of police and military who are trying to enter houses with a provision of an executive decree,” well-known lawyer María Silvia Guillén writes, for her, the provision is unconstitutional since authorities can only enter a dwelling with the consent of the person who inhabits it or by a judges warrant. 

For its part, the Constitutional Chamber of the Supreme Court of Justice (the highest court in the land) issued a new resolution in which it reaffirmed that the police should not arbitrarily detain people and take them to quarantine centers or confiscate their vehicles, among other restrictive measures. President Bukele said that he would not abide by such a resolution and that he will continue to apply Decree No. 19, a hundred percent, regardless that such resolutions are binding.

The president’s disobedience has been rejected by a large number of actors inside and outside the country who agree with the supreme court’s ruling. The Inter-American Commission on Human Rights (IACHR) urged the government of El Salvador to “comply with the ordered measures.” Likewise, the United Nations published that in emergency situations the rule of law and the system of “checks and balances” are essential to ensure that human rights are being upheld. For his part, US Congressman Jim McGover  urged Bukele to respect the supreme court’s judicial decisions, saying that the country needs democracy and not an authoritarian government. Likewise, the leader of the Committee on Foreign Relations of the US House of Representatives, Eliot Engel, regretted Bukele’s contempt of the Constitutional Chamber’s resolution and urged the president “to respect the Supreme Court’s judicial decisions on Covid-19” stressing that “world leaders must be able to protect both the health and freedom of civilians.”

But all these recriminations and demands do not seem to faze President Nayib Bukele, nor his security officials. An article recently published in the digital newspaper El Faro defines the current situation in the country as posing a triple crisis: health, economic and democratic.The first is caused by the virus, the second by the measures required to combat the virus and the third by an undemocratic government.

It is necessary to resist, and survive, all three.

 

 

Capacity Building, delegation, education

An Educational Adventure

DSC_0379This past summer was full of really exciting visits. The El Salvador staff traveled to the U.S. to take part in the annual board meeting in Maryland, and two delegations visited us here in El Salvador. The first was an awesome group of young chess coaches and the second was a wonderfully dedicated group of staff from the renowned Carlos Rosario International adult charter school in Washington, D.C.

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This marks the fourth year the group has come to explore, learn and exchange with the people of El Salvador. Recently, they have focused on creating an intentional partnership with the Amando Lopez community school in the Bajo Lempa. The reason the delegates come is not only to increase the cultural awareness they possess for Salvadorans, a population that makes up the majority of their students back home; but also to be able to exchange knowledge with the educators and leaders of the communities that they visit.

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They held meetings with inspiring groups working on youth development, women’s empowerment, LGBTQ rights, and environmental justice. They traveled to Morazán and learned about the history while listening to hopeful opinions about a peaceful future.

In the Bajo Lempa, they facilitated various workshops with the educators and community members on topics such as Self-care in the classroom, reading techniques, the risks of social media, among others. They themselves received workshops in turn from the community’s school staff which you can see more of below in the video.

 

We want to extend our gratitude to the people behind the scenes who made this an unforgettable delegation, and to those who made donations to rural education throughout the various campaigns. With this money, the Amando Lopez school will improve infrastructure, purchase necessary teaching material, musical instruments and fix school computers.

Until Next Year!

education, Food Security, Youth Development

AJUDEM’s School of Nutrition

Remember AJUDEM, that awesome and hardworking youth group in Morazán that serves numerous communities of Ciudad Segundo Montes and in the mountains bordering Honduras?

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Well, VOICES recently signed a new contract with them to support their programs, that we believe contribute to a culture of learning, well-being and non-violence that is desperately needed in the regions we serve.

Below, you can see how one of their programs, the School of Nutrition, plays an important role in the lives of the youth and their families.